Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). España. Nació en Valencia el 29 de enero de 1867. Estudió Derecho pero no ejerció esa profesión y se dedicó a la política y la literatura. Con veintiún años se inició en la Masonería el 6 de febrero de 1887 y adoptó el nombre simbólico de Danton en la Logia Unión nº 14 de Valencia y después en la logia Acacia nº 25. Allí recibió el encargo del presidente Raymond Poincaré de escribir esta novela sobre la guerra: Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), que fue un auténtico éxito de ventas en los Estados Unidos. Blasco Ibáñez murió en Menton (Francia) el 28 de enero 1928.
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Alberto Blest Gana (1830, Santiago-1920, París). Chile. Hijo del irlandés William Blest y de la chilena María de la Luz Gana López. Hizo sus estudios en la Academia Militar y los perfeccionó en Francia. De tendencia liberal, fue nombrado intendente de la provincia de Colchagua y a partir de 1866 fue representante diplomático de Chile en Washington, Londres y París. Entre sus logros destaca la incorporación de Chile a la Unión Postal y la compra de armamento para las tropas chilenas durante la Guerra del Pacífico. También participó en la negociación de la frontera con Argentina. Su obra literaria está marcada por los ideales estéticos y temáticos del realismo europeo. Destacan entre sus novelas Martín Rivas, El ideal de un Calavera (1863), Durante la Reconquista (1879); Los trasplantados (1906) y El loco estero (1909). Su obra demuestra enorme habilidad para retratar personajes y describir costumbres. Escribió también una comedia: El jefe de familia (1858).
CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 11,
AL SEÑOR DON MANUEL ANTONIO MATTA, 13,
LIBROS A LA CARTA, 389,
A principios del mes de julio de 1850, atravesaba la puerta de la calle de una hermosa casa de Santiago un joven de veintidós a veintitrés años.
Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y al traje de nuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene por primera vez a Santiago. Sus pantalones negros embotinados por medio de anchas trabillas de becerro, a la usanza de los años de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y angostas; su chaleco de raso negro con grandes picos abiertos, formando un ángulo agudo, cuya bisectriz era la línea que marca la tapa del pantalón; su sombrero de extraña forma y sus botines, abrochados sobre los tobillos por medio de cordones negros, componían un traje que recordaba antiguas modas, que solo los provincianos hacen ver de tiempo en tiempo por las calles de la capital.
El modo como aquel joven se acercó a un criado que se balanceaba mirándole, apoyado en el umbral de una puerta, que daba al primer patio, manifestaba también la timidez del que penetra en un lugar desconocido y recela de la acogida que le espera.
Cuando el provinciano se halló bastante cerca del criado, que continuaba observándole, se detuvo e hizo un saludo, al que el otro contestó con aire protector, inspirado tal vez por la triste catadura del joven.
— ¿Será ésta la casa del señor don Dámaso Encina? — preguntó éste, con voz en la que parecía reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareció causarle.
— Aquí es — contestó el criado.
— ¿Podrá usted decirle que un caballero desea hablar con él?
A la palabra caballero, el criado pareció rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba en sus labios.
— ¿Y cómo se llama usted? — preguntó con voz seca.
— Martín Rivas — contestó el provinciano, tratando de dominar su impaciencia, que no dejó por esto de reflejarse en sus ojos.
— Espérese, pues — díjole el criado; y entró con paso lento a las habitaciones del interior.
Daban en ese instante las doce del día.
Nosotros aprovecharemos la ausencia del criado para dar a conocer más ampliamente al que acaba de decir llamarse Martín Rivas.
Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin ser grandes, llamaban la atención por el aire de melancolía que comunicaban a su rostro. Eran dos ojos de mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban armonía con la palidez de sus mejillas. Un pequeño bigote negro, que cubría el labio superior y la línea un poco saliente del inferior, le daban el aspecto de la resolución, aspecto que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por una abundante cabellera color castaño, a juzgar por lo que se dejaba ver bajo el ala del sombrero. El conjunto de su persona tenía cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del traje, y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia, podía pasar por un buen mozo, a los ojos de los que no hacen consentir únicamente la belleza física en lo rosado de la tez y en la regularidad perfecta de las facciones.
Martín se había quedado en el mismo lugar en que se detuvo para hablar con el criado, y dejó pasar dos minutos sin moverse, contemplando las paredes del patio pintadas al óleo y las ventanas que ostentaban sus molduras doradas al través de las vidrieras. Mas, luego pareció impacientarse con la tardanza del que esperaba, y sus ojos vagaron de un lugar a otro sin fijarse en nada.
Por fin, se abrió una puerta y apareció el mismo criado con quien Martín acababa de hablar.
— Que pase para adentro — dijo al joven.
Martín siguió al criado hasta una puerta en la que éste se detuvo.
— Aquí está el patrón — dijo, señalándole la puerta.
El joven pasó el umbral y se encontró con un hombre que, por su aspecto, parecía hallarse, según la significativa expresión francesa, entre dos edades. Es decir que rayaba en la vejez sin haber entrado aún a ella. Su traje negro, sus cuellos bien almidonados, el lustre de sus botas de becerro, indicaban el hombre metódico, que somete su persona, como su vida, a reglas invariables. Su semblante nada revelaba: no había en él ninguno de esos rasgos característicos, tan prominentes en ciertas fisonomías, por los cuales un observador adivina en gran parte el carácter de algunos individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro y el pelo de aquel hombre manifestaba que el aseo era una de sus reglas de conducta.
Al ver a Martín, se quitó una gorra con que se hallaba cubierto y se adelantó con una de esas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpretó así, e hizo un ligero saludo diciendo:
— ¿El señor don Dámaso Encina?
— Yo señor, un servidor de usted — contestó el preguntado.
Martín sacó del bolsillo de la levita una carta que puso en manos de don Dámaso con estas palabras:
— Tenga usted la bondad de leer esta carta.
— Ah, es usted Martín — exclamó el señor Encina, al leer la firma, después de haber roto el sello sin apresurarse.
— Y su padre de usted ¿cómo está?
— Ha muerto — contestó Martín con tristeza.
— ¡Muerto! — repitió con asombro el caballero.
Luego como preocupado de una idea repentina añadió:
— Siéntese Martín; dispénseme que no le haya ofrecido asiento. ¿Y esta carta ...?
— Tenga usted la bondad de leerla — contestó Martín.
Don Dámaso se acercó a una mesa de escritorio, puso sobre ella la carta, tomó unos anteojos que limpió cuidadosamente con su pañuelo y colocó sobre sus narices. Al sentarse dirigió la vista sobre el joven.
— No puedo leer sin anteojos — le dijo a manera de satisfacción por el tiempo que había empleado en prepararse.
Luego principió la lectura de la carta que decía lo siguiente:
«Mi estimado y respetado señor:
»Me siento gravemente enfermo y deseo, antes que Dios me llame a su divino tribunal, recomendarle a mi hijo, que en breve será el único apoyo de mi desgraciada familia. Tengo muy cortos recursos, y he hecho mis últimas disposiciones para que después de mi muerte puedan mi mujer y mis hijos aprovecharlos lo mejor posible. Con los intereses de mi pequeño caudal tendrá mi familia que subsistía pobremente para poder dar a Martín lo necesario hasta que concluya en Santiago los estudios de abogado. Según mis cálculos, solo podrá recibir 20 pesos al mes, y como le sería...
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