Cómo se gobierna Filipinas apareció en el periódico La Solidaridad, que editaba José Rizal en Barcelona a finales del siglo XIX. Su reflexión sobre los principios fundantes del colonialismo y sobre las fuerzas enfrentadas en los procesos de emancipación social de Filipinas tiene hoy una vigencia enorme. Resulta válida, a su vez, para entender cómo se formaron las conciencias nacionales de las colonias españolas de América y Asia y el papel que jugaron en estos movimientos el clero y la burguesía liberal. El texto de Cómo se gobierna Filipinas es, por sí mismo, un proyecto de construcción nacional. Rizal analiza las deficiencias, imperfecciones y abusos de su patria y se refiere a reformas que, en sus opinión, permitirían salir de tal estados de cosas.
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José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, médico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su país. Rizal era hijo de un próspero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres más cultas de su época. La formación de José Rizal transcurrió en el Ateneo de Manila, la Universidad de Santo Tomás de Manila y la de Madrid, donde estudió medicina. Más tarde estudió en París y Heidelberg. Noli me Tangere, su primera novela, fue publicada en 1886, seguida de El Filibusterismo, en 1891. Por entonces editó en Barcelona el periódico La Solidaridad en el que postuló sus tesis políticas Pese a las advertencias de sus amigos, Rizal decidió regresar a su país en 1892. Allí encabezó un movimiento de cambio no violento de la sociedad que fue llamado «La Liga Filipina». Deportado a una isla al sur de Filipinas, fue acusado de sedición en 1896 y ejecutado en público en Manila.
CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
CÓMO SE GOBIERNA FILIPINAS, 9,
LIBROS A LA CARTA, 17,
CÓMO SE GOBIERNA FILIPINAS
De algunos años a esta parte el porvenir de aquellas islas preocupa, no solo a sus habitantes que son los que están más interesados, sino también a muchos peninsulares que hasta hace muy poco ignoraban quizás su situación geográfica y la raza que las habita, etnográficamente hablando.
Todos ven, todos presienten, todos están convencidos de que aquello va mal, de que algo allí deja mucho que desear; unos lo atribuyen a una cosa, otros a otra. Los mismos partidarios del gobierno allí imperante convienen en que existen males necesarios, sin sospechar que caen en una gran ridiculez o en un atraso de ideas lamentable. Decirle a un enfermo que su enfermedad es necesaria y que no debe tratar de combatirla es volver a los primitivos tiempos de la Medicina, es confesarse impotente; el médico que diga tal cosa a su paciente, debe aconsejarle consulte otras lumbreras.
Los mismos frailes que benefician y gobiernan el país, los mismos que más interesados están en hacer creer que allí todo va a las mil maravillas; los que debieran sostener que allí todo es perfecto, inmejorable, celestial, para que nadie les turbase en el productivo nirvana que allí establecieron; estos mismos frailes convienen en que allí hay deficiencias, imperfecciones, abusos, y que las reformas son necesarias y se imponen, solo que quisieran un tratamiento homeopático, lentísimo, como los médicos que, faltos de clientes, desearan arrullar y mecer una enfermedad crónica, a fin de ir cobrando y comiendo a costa del enfermo y de su padecimiento. Y esto lo han probado y demostrado en sus escritos.
En suma, todos convienen que la máquina no va como debe ir.
Las causas a que atribuyen el desgobierno y la muerte lenta de la vida en aquel país, varían según el que las estudia. La mayor parte de los que allí fueron empleados o gobernantes, aquellos hombres que tienen quizás remordimientos en su conciencia por no haber cumplido con el deber impuesto por la paga que recibían, estos hombres gritan y echan la culpa de todo al indio, a la indolencia del indio, tal vez para llamar la atención del público sobre otro objeto, y así no se descubrieran las propias faltas, tal vez para convencer y hacer creer a su conciencia cosas que ella por sí sola no puede creer, como muchos cobardes que se infunden valor a fuerza de apóstrofes, como muchos embusteros que, tras repetido mentir, acaban por creer en sus mentiras.
Por el contrario, y ¡fenómeno paradójico! aquellos que han cumplido concienzudamente con sus obligaciones y que han hecho cuanto debían y podían dentro del enmarañado laberinto administrativo de aquel país, encogido y amenazado por los caprichos del tirano que de un correo a otro puede proponer su cesantía o mandarle bajo partida de registro, éstos achacan la desorganización al sistema de gobierno, al personal, a la falta de estabilidad en los cargos, a las intrigas, etc.
Los frailes tienen otro sistema: todo el mal del país lo atribuyen a los ministros liberales, que por ser liberales tienen que ser ignorantes. En cambio, lo poco bueno se lo atribuyen a ellos mismos: los ministros retrógrados o de su convento, que solo por serlo son sabios, no hacen ni bien ni mal: todo su acierto consiste en consultarles y obedecerles, y así lo publican en extensos telegramas que reproducen en grandes caracteres los periódicos manilenses de su devoción.
A su vez, los elementos peninsulares liberales que hay en Filipinas, culpan a los frailes del atraso en que ellas están, y ya con más razón, puesto que gobernándolas como las gobiernan los conventos, la culpa del desarreglo tiene que recaer en ellos.
Sin embargo, estos liberales olvidan la parte que tienen en el desbarajuste: si ellos no se dejasen gobernar y no les sirviesen de instrumento como sucede muchas veces; si por temor a perder el destino no transigiesen con muchas cosas que repugnan a sus convicciones; si tuviesen más entereza, más fe en sus ideales, si estudiasen más el país y pretendiesen con ahínco salir de la tutela monacal en que vegetan, ni los frailes gobernarían las Filipinas ni las ideas modernas se asfixiarían al tocar las playas de Manila.
Los filipinos, en general, achacan el mal y la miseria de su patria a todo lo de arriba, al fraile, y a todos los elementos seglares que no se distinguen por su gran carácter, por un manifiesto amor al país y a los habitantes y por una iniciativa más o menos emprendedora en la cuestión de reformas. Los filipinos, como los liberales de que hemos hablado arriba y con los cuales tienen mucho parecido, se olvidan también de la responsabilidad que les cabe en su presente situación, pues si es cierto el dicho de que donde manda patrón no manda marinero, también lo es el otro de que cada país tiene el gobierno que se merece. El espíritu nacional empieza a dar sus primeros vagidos; antes solo existía el sentimiento de la familia o tribu, apenas, apenas el de la región, lo que hacía que ninguna medida insensata provocase fuertes protestas en la opinión pública, sino solo en aquellos cuyos parientes salían más o menos directamente perjudicados. Tratándose de la patria, cada filipino se piensa: que se arregle ella sola, que se salve, que proteste, que luche; yo no he de moverme, yo no soy quien he de arreglar las cosas; bastante tengo con mis intereses, mis pasiones y mis caprichos. Que otros saquen la castaña del fuego, luego ya la comeremos. Los filipinos parecen ignorar que el triunfo es el hijo de la lucha, que la alegría es la flor de muchos sufrimientos y privaciones, y que toda redención supone martirio y sacrificio; creen que con lamentarse, cruzarse de brazos y dejar que las cosas continúen su curso han cumplido con su deber; otros, es verdad, pretenden hacer algo más y dan consejos pesimistas o desconsoladores: aconsejan que no se haga nada. Hay, sin embargo, quienes empiezan a ver claro y ponen de su parte todo lo que pueden.
Los extranjeros, entre los cuales ponemos en primera línea a los chinos, se ríen de todo lo que pasa y aprovechan las faltas y defectos de gobernados y gobernantes para utilizarlos. Son los más felices: vienen cuando quieren, se quedan todo el tiempo que les place, y se van cuando les acomoda. No les liga ningún deber para el país ni les importa que el Gobierno sea más o menos serio, ni que sus habitantes sean más o menos esclavos: como la langosta, talan el campo sin cuidarse del sembrador ni del terreno. Lo más triste es que haya peninsulares y filipinos que se parezcan a estas langostas en su manera de pensar y obrar.
Nosotros creemos que todos tienen, en parte, razón. Los partidos pueden echarse unos a otros el muerto, los peninsulares a los filipinos, los filipinos a los peninsulares, los frailes a los liberales y los liberales a los frailes; creemos que hasta los mismos chinos tienen derecho a reírse del Gobierno y del país, es justicia al fin que nos...
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