Nunca me aprendí la lista de los Reyes Godos (Libros Singulares)

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9788441532953: Nunca me aprendí la lista de los Reyes Godos (Libros Singulares)
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El día que un " lepero " fue rey de Inglaterra Juan de Lepe fue un marinero nacido en esta localidad onubense al que los avatares de la vida llevaron a la corte de Enrique VII, rey de Inglaterra, con quien entabló cierta amistad. De esta forma llegó a compartir con él largas veladas jugando a las cartas, llegando al extremo de que en cierta ocasión, el rey se jugó su corona a una sola mano (eso sí durante un solo día)... Juan ganó y se convirtió en efímero rey de Inglaterra (The little king), lo que aprovechó para dar una gran fiesta, además de para llenarse los bolsillos. En 1509 fallecía el rey, al que sucedió Enrique VIII. Conociendo el carácter del nuevo monarca, Juan decidió poner tierra - y mar - de por medio y regresó a Lepe para dedicarse a la vida contemplativa que le permitió su fortuna. Allí donó parte de sus riquezas a un monasterio local con la condición de que al morir se grabasen en su lápida, a modo de epitafio, sus aventuras. Así se hizo, y así quedó reflejado en el libro " Origine Seraphicae Religionis " (1583) del padre Francisco Gonzaga... Y no es un chiste. Y, parodiando al rey, yo también os planteo una apuesta: abrid el libro por cualquier página al azar y leed dos historias, si ninguna de ellas os sorprende u os hace esbozar una sonrisa... os pago un café. Javier Sanz

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Críticas:

Recomendación de Librosyliteratura.es, escrita por Sergio Sancor

Cuando yo iba al instituto, había dos clases que odiaba con toda mi alma: Matemáticas e Historia. Supongo que mis profesores no entendieron nunca que para enseñar hay que motivar, y eso de dar datos como si estuvieran recitando el listín telefónico, no iba demasiado conmigo. Siempre he creído que la Historia, como parte fundamental de nuestro pasado, tendría que interesar a los alumnos y hacerles reflexionar sobre aquello que sucedió y que, en algunos momentos, no debería volver a suceder, pero sobre todo, por encima de todo, siempre he pensado que las clases, sean de Lenguaje (mis favoritas) o de Historia (las más odiadas), tenían que ser divertidas, tenían que ser lo suficientemente estimulantes como para poder entrar en el aula y pensar que esos cincuenta minutos iban a ser trepidantes. Desgraciadamente, no fue así. Y supongo que es una pena, porque si yo hubiera tenido un profesor como Javier Sanz a estas alturas de la película me hubiera enterado de todo aquello que mis antiguos profesores se empeñaron en que olvidara...

¿Alguna vez os habéis preguntado cuáles eran las mejores anécdotas de las civilizaciones antiguas? ¿Os habéis planteado cómo vivirían el día a día los romanos, los griegos, los reyes y demás especímenes que han poblado la Historia? Si sois curiosos como yo, entrad, entrad a este mundo porque si de algo estoy seguro es de que lo pasaremos bien.

Recuerdo que cuando yo era pequeño, los libros de Historia simplemente eran esos tochos que nos teníamos que estudiar de cabo a rabo y que, sí, aportaban muchos datos y sabiduría, pero, para que nos entendamos, eran un coñazo supino. Y como ya he dicho antes, los profesores no nos animaban a entrar en materia, porque lo único que hacían era recitar palabra por palabra lo que el libro nos decía. Pero hete aquí que muchos años después, cuando después de que uno de mis profesores me llamara idiota y yo me cagara en lo más barrido, me encuentro con un libro titulado “Nunca me aprendí la lista de los reyes godos” de un autor desconocido (para mí se entiende claro) llamado Javier Sanz que promulgaba que si en su libro no encontramos alguna historia que nos sorprenda o nos haga esbozar una sonrisa, nos pagará un café. Y yo que soy adicto al café reniego de mi suerte, o quizá no. Porque este libro que tengo entre manos en mi reseña, no sólo me ha sorprendido, sino que además me ha interesado, me ha hecho reencontrarme con una asignatura que creí bajada derechita a los infiernos hace muchos años. Y sí, también me ha hecho poner una sonrisa en mi cara, porque desconocía muchos de los hechos que aquí aparecen reflejados. Quizá sólo por eso valdría la pena hacerse con él, pero es que hay más lectores, mucho más de lo que parece.

El término que estoy buscando es, ni más ni menos, que gracias. Un agradecimiento al autor por reencontrarme con esas historias que se pierden en los libros de texto y que si no fuera por gente como él se desconocerían. Un agradecimiento porque de una anécdota como las que él cuenta se puede sacar tanto provecho que es una suerte que hoy en día se sigan publicando libros como éste. Y un agradecimiento final a Javier Sanz por crear para nosotros un rincón de estudio, de divertimento, de placer en definitiva, con el que aprender y pasar un buen rato, con lo difícil que es hoy en día que alguien te de una visión nueva de todo lo que ha sucedido en la Historia. Porque no estoy exagerando cuando digo que ojalá haya libros como estos todos los meses y que yo ando esperando, como agua de mayo, su siguiente publicación.

Las clases de Historia eran (o son, vayan ustedes a saber) un coñazo monumental. Y lo digo con toda la admiración que siento hacia mi pasado, pero es que no podía con ellas. Es más, casi me hubiera tirado por la ventana por no tener que hacer un comentario de texto más sobre el diezmo. ¿Quién fue aquel que dijo que las clases de Historia no podían ser divertidas? Seguro que un catedrático que no entendió que, en libros como “Nunca me aprendí la lista de los reyes godos”, es posible no sólo aprender sino además captar la atención de todos aquellos que hubieran disfrutado, en su adolescencia, con esas clases en las que se emplearon a fondo para que se parecieran más, en vez de unas clases donde enseñarnos, a una mina donde picar piedra y acabar odiando la roca.

Por todo ello, de nuevo, gracias Javier Sanz

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