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Barcelona 1000 Graffitis - Hardcover

Puig, Rosa; Álvarez, Julián; Català, Josep Maria

 
9788425220227: Barcelona 1000 Graffitis

Inhaltsangabe


This publication features the visual story of graffiti in Barcelona, city has become today a meeting point and 'concrete canvas' for graffiti artists from whole over the world. Besides the 1000 photographs taken by Rosa Puig Torres, this edition includes a DVD realized by Julián Álvarez with unreleased music by Alberto G. Demestres.

Die Inhaltsangabe kann sich auf eine andere Ausgabe dieses Titels beziehen.

Auszug. © Genehmigter Nachdruck. Alle Rechte vorbehalten.


Texto de la introducción:

'Formas del inconsciente urbano

por Josep María Català, profesor de Estética de la Imagen de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB)

Uno de los fundamentos de todo aprendizaje visual debería ser la constatación de que no vemos tanto lo que queremos como lo que podemos ver, de acuerdo con el régimen visual que nos impone, por un lado, la sociedad y, por el otro, nuestra particular cultura. Ello explicaría cómo ha sido posible que una de las más interesantes manifestaciones estéticas de finales del siglo XX haya pasado desapercibida en gran parte para los receptores inmediatos de la misma, a pesar de haber estado presente de forma continuada ante sus ojos. Edgar Allan Poe ya nos advirtió, en uno de sus cuentos más famosos, La carta robada, que la mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista de todo el mundo: a buen seguro que así no lo verá nadie, convencidos como estarán todos de que lo importante no puede estar nunca en la superficie. Los graffitis han sido víctimas de este prejuicio al llevar el arte directamente a las calles de nuestras ciudades, cuyos habitantes sólo sabían ir a buscarlo al escondrijo de las galerías o los museos. Los muros de nuestras ciudades llevan años hablando a nuestros ojos y no hemos sido capaces de escucharlos. Me temo que ni siquiera los autores de la conmoción, los graffiteros, han llegado a comprender la mayoría de las veces el alcance de sus operaciones, lo cual puede que haya acabado siendo una virtud, ya que quizá uno de los factores que más contribuye a la vitalidad del fenómeno, y, por consiguiente, a su trascendencia, sea el hecho de que se trata de una forma estética cuya espontaneidad no se deja atrapar fácilmente por las redes del arte contemporáneo.

Siempre resultará difícil convencer a los vecinos de un barrio, así como a determinados urbanistas y arquitectos de gusto recalcitrante, de que las coloridas floraciones que aparecen en los muros de sus calles son una muestra, eminente, de una vitalidad ciudadana que, por otro lado, disfrutan todos ellos sin demasiados remilgos. Se sabe, desde Baudelaire a Benjamin y Kracauer, que la ciudad moderna instauró un nuevo régimen perceptivo, acomodado a una ingente pluralidad de estímulos que nunca antes se habían ofrecido a los seres humanos con tanta intensidad y con un grado tal de acumulación. El fenómeno urbano moderno se inició principalmente en París y Berlín, en un período que va de mediados del siglo XIX al primer tercio del siglo XX. Y no porque no se diera en otras ciudades en la misma época o porque algunas de sus características no se pudieran encontrar en otras grandes urbes anteriores, sino porque en esos lugares hubo conciencia de la novedad y surgió un determinado tipo psico-social en consonancia, a la par que aparecía una estética, tildada de vanguardista, que daba cuenta de la nueva situación. Los nuevos ritmos vitales y perceptivos de entonces no han hecho sino acrecentarse y constituyen la normalidad de nuestros entornos vitales del presente. Es de esta normalidad, y no de la excepción vanguardista anterior, de la que surgen el graffiti y el graffitero o, lo que es lo mismo, una estética destilada directamente de los ritmos urbanos y un personaje que no se dedica a contemplar a distancia el bullicio ciudadano, como hacían antaño el dandi, el flaneur o algunos artistas de vanguardia, sino que está dispuesto a actuar sobre esas sensaciones, materializándolas mediante sus formas.

De los muchos ritmos urbanos que configuran la cambiante faz de la ciudad, el graffiti tal vez no es el más acelerado los transportes y los movimientos personales se llevan la palma en este aspecto , pero sí que resulta el más rápido de entre los más estables. Las reformas urbanísticas o arquitectónicas pueden tardar años en realizarse y luego permanecen inalterables durante muchos más; en cambio, los graffiti varían con mayor o menor frecuencia, superponiéndose unos a otros o siendo borrados por los servicios de limpieza para despejar un muro que no tardará en ser trabajado de nuevo. Pero el fenómeno, la dinámica estética que aflora en las paredes de las ciudades posmodernas, en realidad es permanente, forma parte del paisaje urbano y nos recuerda que la ciudad está viva más allá de las ordenanzas municipales.

Se trata de un arte ajeno a las galerías, excepto cuando alguno de sus practicantes, como el caso mítico de Basquiat, es tentado por ellas y abandona el circuito clandestino. Este trayecto desde la acción directa y el anonimato al mercado y la fama, que no es ni mucho menos frecuente, supone una trasgresión mucho mayor que la que se puede dar en el típico fenómeno que convierte en popular al artista desconocido. El artista que sale del anonimato no cambia sustancialmente el estilo de su obra, mientras que un graffitero que abandona los muros de la ciudad, deja atrás todo un mundo. No se puede transportar el graffiti a las galerías o a los museos, porque para ello habría que meter una ciudad entre cuatro paredes.

El graffiti es el arte por antonomasia de la ciudad contemporánea, una forma artística que transforma los muros de la ciudad en receptáculos de sorprendentes metamorfosis formales. Es el arte de la palpitación urbana que, a partir de zonas periféricas, se va extendiendo poco a poco a todo el ámbito ciudadano en una proliferación que no deja de ser lógica, ya que su marginalidad inicial no es intrínseca, sino solamente táctica. Negar el graffiti significa negar la vida real de la ciudad en nombre de un racionalismo urbanístico de cortos vuelos y que, la mayoría de las veces, sólo ha sido capaz de producir horribles aglomeraciones arquitectónicas, barrios de ásperas construcciones en cuyas paredes aparecen, precisamente, las primeras manifestaciones del fenómeno. Por algo será.

Con el graffiti, la pintura regresa a los muros, donde nació antes de convertirse en cuadro. El graffiti combina la escritura y la imagen como sólo los grandes maestros orientales de la caligrafía sabían hacer.

A ello añade un gusto por el color y las formas que mezcla los trazos electrizantes del dadaísmo con los pálpitos luminosos del pop art y el cómic. Laten en el graffiti los efluvios de la considerada alta cultura, junto con la energía de aquellas manifestaciones populares a las que todavía miran por encima del hombro aquellos que no se inquietan demasiado por el hecho de que la vitalidad de la expresión artística se mida con los criterios del mercado de valores. Se mueve el graffiti en la dialéctica del interior y el exterior, siempre problemática en el arte y el urbanismo: el arte que vale la pena va dirigido a los interiores (con el peligro de convertirse en decoración); para el exterior se deja lo inclasificable, como ciertas esculturas, o lo que carece aparentemente de compromiso. El graffiti, por el contrario, se lanza no sólo a producir sus obras en el exterior, sino a estetizar lo que por su situación y textura parece refractario a toda estética. En este sentido, el graffiti es lo opuesto al museo. Basta darse una vuelta por los alrededores de algunos de ellos pienso ahora concretamente en el MACBA para darse cuenta de que esto es cierto.

Aprender a mirar es, hoy en día, tan urgente como fue una vez aprender a leer, no porque este último aprendizaje haya dejado de ser importante, sino porque su intrínseca utilidad se deteriora en un universo cultural como el nuestro, en el que la visión se ha hecho compleja. En la actualidad, no hay educación posible de la mente que no pase por complementar el logos con la mirada, es decir, con la faceta instruida de la simple facultad de ver. Aunque, a veces, nuestra ceguera es tal que se hace necesario empezar por enseñarnos a ver.

Pocos libros son capaces de cumplir con la tarea de enseñarnos a ver como prolegómeno de una reflexión ampliada, ya...

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