Cuando me faltaba poco para cumplir los veinte años y era ya un endurecido lector de ciencia ficción, llevaba leídas muchas historias de robots, y había descubierto que podían calificarse en dos categorías. En la primera categoría estaban los Robots-como-Amenaza. No tengo que explicar demasiado esto. Tales historias eran una mezcla de «clanc-clanc» y «aarghh» y «Hay algunas cosas que se supone que el hombre no debe conocer». Al cabo de un tiempo empezaron a palidecer a mis ojos, y ya no pude seguir soportándolas
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