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El Aleph - Softcover

Borges, Jorge Luis

 
9780307950949: El Aleph

Inhaltsangabe

“Uno de los artistas contemporáneos más memorables… La deuda que tenemos contraída con él quienes escribimos en español es enorme”. —Mario Vargas Llosa

Considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX en cualquier idioma, la obra de Jorge Luis Borges continúa inspirando a nuevas generaciones de lectores gracias al deslumbrante poder de sus imágenes y la inmensa profundidad de sus temas.

Originalmente publicada en 1949, esta colección reúne dieciocho relatos entre los que se encuentra algunos de los más admirados cuentos de la literatura: “El Aleph”, la clásica historia de una resplandeciente esfera en la que confluyen de un modo asombroso todos los tiempos y todos los espacios en el universo; “El Zahir”, una fascinante reflexión sobre la obsesión, Borges narra la historia de un objeto que inspira la fascinación inmediata de todos aquellos que lo ven hasta consumir su atención y realidad completa; y “El Inmortal”, un inquietante viaje a través de la Ciudad de los Inmortales, un laberíntico mundo en el que todo, incluso los edificios y las escaleras, aparece caóticamente irregular o invertido.

Juntos, estos dieciocho relatos, cada uno singularmente original y complejo a su manera,  representan una pieza clave en el museo de la obra del maestro argentino, así como en los anales de la literatura universal.

ENGLISH DESCRIPTION

Full of philosophical puzzles and supernatural surprises, these stories contain some of Borges’s most fully realized human characters. With uncanny insight he takes us inside the minds of an unrepentant Nazi, an imprisoned Mayan priest, fanatical Christian theologians, a woman plotting vengeance on her father’s “killer,” and a man awaiting his assassin in a Buenos Aires guest house. 
 

The Aleph, describes a point in space that contains all other spaces at once. The work also presents the idea of infinite time. Borges writes in the original afterword, dated May 3, 1949 (Buenos Aires), that most of the stories belong to the genre of fantasy, mentioning themes such as identity and immortality. Borges added four new stories to the collection in the 1952 edition, for which he provided a brief postscript to the afterword.

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Über die Autorin bzw. den Autor

Jorge Luis Borges nació en 1899 en Buenos Aires. En 1914 se mudó con su familia a Suiza y vivió también en España, donde comenzó a publicar en distintas revistas literarias. En 1921, de regreso en Buenos Aires, participó activamente de la vida cultural del momento; fundó las revistas Prisma y Proa, y firmó el primer manifiesto ultraísta. En 1923 publicó su libro de poesía Fervor de Buenos Aires y en 1935, Historia universal de la infamia. En las décadas siguientes, su obra crece: publica diversos libros de poesía, cuento y ensayo, así como numerosos trabajos en colaboración. Fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, director de la Biblioteca Nacional, miembro de la Academia Argentina de Letras, profesor universitario y conferencista. Entre los premios que obtuvo, cabe destacar el Premio Nacional de Literatura, el Formentor y el Cervantes. Considerado uno de los más importantes autores en lengua hispana de todos los tiempos, recibió el título de doctor honoris causa de las universidades de Columbia, Yale, Oxford, Michigan, Santiago de Chile, La Sorbona y Harvard. Falleció en Ginebra en 1986.

Auszug. © Genehmigter Nachdruck. Alle Rechte vorbehalten.

El Aleph

By Jorge Luis Borges

Vintage

Copyright © 2012 Jorge Luis Borges
All right reserved.

ISBN: 9780307950949
El inmortal

Solomon saith: There is no new thing
upon the earth. So that as Plato had an
imagination, that all knowledge was but
remembrance; so Solomon giveth his
sentence, that all novelty is but oblivion.
Francis Bacon: Essays LVIII
 
En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.
 
El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.
 
I
Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
 
Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del oriente. A unos pasos de mí, rodó el caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. “Otro es el río que persigo”, replicó tristemente, “el río secreto que purifica de la muerte a los hombres”. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminaba hasta el occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.
 
Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Huí del campamento con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.
 
II
Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris,...

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